
La mirada se posa en un punto donde las líneas de fuga parecen
confluir. Los ojos no giran buscando cada detalle, todo esta ahí... repetido por la simetría de un
lado y del otro de la estación. No hay nada que
reconstruir, no hay detalles que interfieran la lectura especular.
Dentro del circuito que genera la mirada Todo esta ordenado.
La pasividad del espectador se traduce en inacción. La armonía entre los elementos y el estricto orden son
consecuencia de la percepción domesticada.
El circuito infinito se encierra entre paredes y reproduce en un
sinfín su propia estructura.
En otra dimensión, un sonido estridente se cuela por las hendijas de la forma. El sistema se desmorona.
La mirada, atada al punto centrípeto, comienza a buscar otros datos. El vagón de
subte con su estridencia habitual destruye la pasividad de quien
especta. Por
fin el circuito se desmorona y la mirada, libre, se posa en cada detalle de las ruinas para
reconstruir su propio
discurso.